RECUERDOS AHOGADOS EN
LA LAGUNA DE TISSEN
Lujuria se llamaba su mejor amigo, infiel compañero, ansiado
cómplice de la desdicha. Vivía en una pequeña y humilde isla llamada Quíos,
pero una gran mansión tenía por casa. Nunca fue su hogar y sin embargo, armarios
de roble y nogal cubrían sus paredes blancas. Disponía de los mejores enseres,
todo mimado hasta el más ínfimo detalle. Sus pendientes reflejaban en su largo
y estilizado cuello de cisne el brillo del más puro diamante. Sus prendas,
infinitas como su sonrisa forzada, procedentes de la mejor seda tailandesa
cubrían su delicado cuerpo, envidiado por la más bella.
Poseía un aspecto impecable, tez pálida, ojos negros
rasgados, su cabello rojizo lardo y rizado caía como destellos de sol sobre sus
hombros marcados.
La pretendían los más apuestos jóvenes del mundo. Buscaba
por imposición un fututo marido que la hiciera madre. Venerada por cuantos
caían en el embrujo de su aparente dulzura y cortejada a medida que se iba
abriendo paso por el sonido de los pájaros.
Anuket había probado los más suculentos sabores, sus pupilas
gustativas ya no sabían apreciar el aroma de la humildad y su suave pelo se
había convertido en el azafrán más cotizado de todos.
Quíos era un lugar de ensueño, precioso enclave repleto de
lagos e inundado por la más frondosa vegetación. Una senda cubierta de galanes
de noche, moras y hojas de laurel la llevaban hasta su rincón secreto. Una vez
allí, con el tenue ruido del agua que tímidamente chocaba contra las rocas de
su preciada laguna de Tissen, solía contemplar el horizonte denso y profundo
como su innata belleza.
Anuket un día soñó que era una chica normal, pero tuvo que
despertar para cumplir con su obligación, ser capaz de ser quien tenía que ser.
Su deber la convirtió en lo que era ahora. Sólo cuando
paraba a descansar en su pequeño rincón de la laguna de podía ver reflejado su
otro yo. Ese que un día tuvo cuando se sintió arropada por algo más que un
inmenso espacio habitable, deshabitado de cariño.
Anuket no contaba con nadie, sin embargo, todos contaban con
ella. En Tissen guardaba su más preciado tesoro, el único que no se podía
comprar con dinero. Era un recuerdo inolvidable encerrado en ese pequeño rincón
de su querida laguna, donde acudía a rememorar que un día fue feliz en su
humilde hogar habitado de amor.
Estela Casais
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